Pintando esta acuarela quise quedarme con una sensación sencilla: la vida detenida por un momento. El bote apoyado en la orilla no está ahí como protagonista, sino como testigo; alguien llegó antes, alguien volverá después. Chiloé es así, misterioso y cautivante. Trabajé el cerro con capas suaves, dejando que los verdes se mezclaran entre sí, sin forzarlos, para que el papel respirara. Las casas las resolví con pocos trazos, apenas insinuadas, porque lo importante no era el detalle, sino su presencia silenciosa en el paisaje.
Mientras avanzaba, sentí algo muy propio de este lugar: una mezcla de recogimiento y pertenencia. El agua calma, los tonos apagados del cielo, los grises del borde costero… todo pedía ser pintado sin apuro. Dejé que la acuarela hiciera lo suyo, aceptando las manchas y las transiciones como parte del carácter del lugar.

