Pinto este lugar pensando en cómo el agua nunca se detiene. No intento controlarla, la dejo avanzar sobre el papel, igual que en el sur de Chile, donde los ríos y esteros se imponen al paisaje. Empiezo con manchas amplias, verdes profundos y terrosos, dejando que se mezclen solos, buscando esa sensación de vegetación densa y húmeda que lo envuelve todo.
Las piedras aparecen después, casi empujadas por la corriente. Uso grises cálidos, ocres y algunos violetas apagados, aplicados con el pincel más seco, para darles peso y firmeza. No las dibujo en detalle; prefiero que se sugieran, que se sientan ancladas mientras el agua pasa con fuerza a su alrededor.
El agua la construyo dejando respirar el blanco del papel. Ahí está el movimiento, la espuma, el golpe constante. Trabajo húmedo sobre húmedo, aceptando el azar de la acuarela, porque esa imprevisibilidad es la que mejor expresa la energía del sur: una naturaleza viva, intensa, que no se observa a distancia, sino que se siente.

