El cielo estaba pesado y abierto a la vez, con grises diluidos que dejaban pasar una luz amplia, casi blanca. Frente a mí, los cerros aparecían en capas de verdes húmedos, desdibujados por la distancia y por la propia agua del pincel. No quise definirlos demasiado: preferí que quedaran como una presencia continua, envolvente, más sentida que descrita.
La barca en primer plano fue el ancla del instante. La pinté quieta, apoyada en la orilla, con verdes profundos y una línea rojiza que le da peso y carácter. No hay prisa en ella; está ahí porque siempre ha estado ahí. El agua, extendida en planos suaves, apenas refleja el cielo y sostiene pequeñas embarcaciones lejanas que parecen suspendidas en el tiempo.
Esta acuarela nació de mirar sin apuro. De entender que el paisaje del sur no necesita ser explicado, solo acompañado. Pinté dejando que el agua corriera, que los bordes se mezclaran y que el papel hiciera su parte. El momento fue ese: estar, observar y traducir lo esencial antes de que cambiara la luz.

