A medio andar

Aquí el camino no es solo un lugar, es una huella. No parece avanzar hacia algo concreto, sino invitar a detenerse en cada marca del suelo, en esas grietas suaves que hablan de pasos anteriores, de inviernos, de agua que pasó y volvió a irse. La acuarela mira el paisaje como si fuera un recuerdo que se va aclarando con el tiempo, donde los bordes se desdibujan y lo esencial permanece.

Los árboles no dominan la escena: acompañan. Están ahí como testigos silenciosos, apenas sugeridos, dejando que la luz pálida y el vacío respiren. El color es contenido, casi tímido, como si el autor hubiera querido decir lo justo, sin explicarlo todo. Es un paisaje que no se impone, se ofrece; un camino que no apura, espera.


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