Primero el agua. Sabía que, si lograba que respirara, todo lo demás iba a encontrar su lugar. Comencé con un lavado amplio, dejando que el color se asentara sin forzarlo, cuidando que los verdes y azules quedaran contenidos, sin volverse pesados. No quise describir el movimiento del lago, solo insinuarlo con variaciones suaves y bordes abiertos.
Después miré la masa de árboles. Trabajé la vegetación en capas, superponiendo tonos y dejando que el pincel sugiriera más de lo que define. No me interesaba cada hoja, sino el volumen y la profundidad que se forma cuando el verde se mezcla y se pierde.
La casa apareció casi al final. No la pensé como protagonista, sino como un punto de apoyo, un lugar donde el ojo pudiera descansar. Usé los tonos cálidos con cuidado, apenas lo necesario para que se distinguiera del entorno sin romper la armonía del paisaje. El muelle lo resolví con líneas simples, directas, para ordenar la escena sin rigidez.
Pinté dejando espacios, confiando en el papel y en el agua. Preferí que la escena se construyera lentamente, sin imponer nada, hasta que todo quedó en equilibrio.

