Esta acuarela puede leerse no como un bosque, sino como un pulso de luz atrapado entre capas. Las manchas verticales funcionan como ritmos, casi respiraciones, que se repiten y se interrumpen; no describen troncos, sino presencias. El color no delimita formas: se filtra, se escurre, se superpone sin pedir permiso. Verdes profundos, ocres apagados y negros diluidos construyen un espacio que no se recorre con los pies, sino con la mirada, avanzando entre transparencias. El blanco no es fondo, es pausa: un silencio que deja entrar la luz y sostiene todo lo demás. Desde esta perspectiva, la obra no representa un lugar, sino un estado, una sensación de tránsito donde la acuarela decide más que el gesto, y el agua termina de pintar lo que el pincel solo insinuó.
Respirar el bosque

