Este espacio fue mi oficina durante muchos años. No era grande, pero tenía todo lo que necesitaba: tiempo y memoria. El mueble de madera, guardaba libros, papeles y objetos que fui acumulando sin darme cuenta. La luz entraba suave, rebotaba en las paredes claras y hacía que el lugar se sintiera siempre habitado, incluso cuando estaba solo.
El sillón era mi refugio. Ahí me sentaba a pensar, a leer, a observar cómo avanzaba el día sin apuro. La alfombra, con sus colores gastados, marcaba el ritmo del espacio y daba una sensación doméstica, cercana, casi familiar.
Esta acuarela nace de la necesidad de dejar registro de un lugar que me formó. No es solo un interior: es un tiempo vivido. Pintarlo fue una manera de agradecerle al espacio que acompañó mi trabajo y mi mirada durante tantos años.

