La escena se construye a partir de girasoles, elegidos por su fuerza y dirección. Los tallos largos y verdes emergen desde el agua contenida en un florero de vidrio, donde la transparencia se resuelve dejando que el blanco del papel defina el volumen. El color no se encierra: se expande, se diluye y vuelve a afirmarse.
Los pétalos naranjos y amarillos nacen desde capas húmedas, aplicadas sin rigidez, permitiendo que el pigmento se mueva y marque bordes irregulares. Los centros oscuros anclan la flor y equilibran la composición. El fondo neutro y la mesa apenas sugerida sostienen la escena sin distraer, guiando la mirada hacia el gesto principal. La acuarela llega a su forma final a través de decisiones directas: observar, cargar el pincel y dejar que el agua haga su parte.

