Las gallinas se reconocen entre sí antes de acercarse: la negra al centro, firme y pausada; las blancas, más inquietas, marcando pequeños rodeos; las moteadas observan, entran y salen del círculo como si midieran el pulso del momento. Un paso corto, una leve inclinación de la cabeza, un giro apenas insinuado. No es prisa, es acuerdo. Un ritual silencioso donde cada una ocupa su lugar, donde el color del plumaje y el peso del cuerpo importan tanto como la distancia entre ellas. El rojo de las crestas rompe el verde y marca el ritmo, como señales encendidas en medio del follaje húmedo.
La acuarela acompaña ese baile sin imponer forma rígida: manchas sueltas para el suelo, verdes superpuestos que sugieren sombra y abrigo, fondos que no describen el lugar exacto porque no hace falta. Es patio, es campo, es mañana o tarde indistinta. Es el sur reconociéndose a sí mismo, en un gesto simple, repetido y profundamente vivo.

