Bajo el árbol grande

El camino se abre como una promesa sencilla. Bajo el árbol antiguo, la luz se filtra en manchas verdes y doradas, y el polvo guarda huellas que no piden prisa. Él avanza en la bicicleta con el pulso atento; el niño, unos pasos atrás, aprende el ritmo del mundo con cada intento. No hay instrucciones: sólo la sombra que acompaña, el campo que respira ancho, el cerco que marca límites sin cerrarlos.

Siguen juntos, pequeños en el paisaje, grandes en el gesto. El día los envuelve con su rumor vegetal y el cielo se asoma entre hojas como un guiño. En ese tramo breve —entre el tronco y la curva— ocurre algo que no se dice: el tiempo se vuelve cercano, y el camino, una historia que se escribe andando.


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