Entro al papel con agua limpia y dejo que el cielo respire primero. El azul se posa liviano, sin empujar. Luego bajo con verdes abiertos, construyendo el bosque en capas que se superponen y se mezclan solas. No dibujo árbol por árbol: sugiero masas, dejo huecos de luz, permito que el blanco del papel se cuele entre troncos y follajes. El pincel avanza y se detiene; carga pigmento, descarga, vuelve. Así nacen los ritmos del borde del bosque.
En el primer plano, el verde se vuelve más amplio y horizontal. Ahí aflojo la mano para que el campo sostenga la escena sin competir. Las sombras se resuelven con transparencias, aceptando las manchas como parte del gesto. La acuarela no busca precisión: busca presencia. Todo queda dicho en lo que se insinúa y en lo que el agua decide.

