En esta acuarela quise trabajar principalmente la atmósfera del atardecer, dejando que el color y el agua construyeran el paisaje más que los detalles. El cielo está compuesto por capas amplias de violetas, grises azulados y lavandas, aplicadas en húmedo sobre húmedo para lograr transiciones suaves y nubes difusas, que sugieren un clima cargado y profundo.
En el horizonte aparece una franja cálida donde se mezclan naranjos suaves, rosados y toques de siena, creando el contraste entre la luz del sol que se despide y el cielo que se oscurece. Esa luz se filtra entre las capas de color, dejando bordes irregulares y texturas propias del papel, que aportan movimiento y naturalidad.
Las siluetas de los árboles están resueltas con mezclas de violeta con gris y toques de azul oscuro, aplicadas con pincel casi seco en algunos sectores, lo que permite sugerir formas orgánicas sin definirlas completamente. El primer plano mantiene una gama más oscura, con lavados profundos de morado, gris y azul, reforzando la sensación de distancia y profundidad del paisaje.
Es una obra que se apoya en el contraste entre frío y cálido, entre lo difuso del cielo y lo firme de las siluetas, buscando transmitir quietud, misterio y ese instante breve en que el día se transforma en noche

