La torre emerge entre los árboles como un recuerdo sostenido por la luz. La piedra, trabajada en tonos ocres y tierras rosadas, muestra el paso del tiempo en cada mancha y en cada borde suavizado por el agua. La cruz blanca corona la cúpula y se recorta contra un cielo abierto, casi transparente, mientras el follaje enmarca la escena con verdes sueltos y ramas apenas insinuadas. La acuarela se apoya en veladuras y transparencias: el papel respira, las aristas no se imponen, y la arquitectura parece integrarse al entorno más que dominarlo. Todo en la escena habla de permanencia y de una fe que se mezcla con el paisaje, sin estridencias, como si la torre siempre hubiera estado ahí, creciendo junto a los árboles.
Piedra y cielo

