La iglesia que espera al invierno

La iglesia no se impone al paisaje: espera. Se deja ver desde lejos, como si el campo la hubiera aceptado con el tiempo, cubriéndola de silencios y estaciones. La madera, gastada y honesta, recoge los grises del invierno; no hay brillo, solo permanencia. El cielo, amplio y contenido, aplana la distancia y vuelve pequeña la torre, recordando que aquí lo humano es apenas un gesto entre árboles, cercos y pastos dormidos. Mirada desde este punto, la iglesia no llama ni guía: acompaña, firme y discreta, como esas presencias que no necesitan estar cerca para sentirse.


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