Dos siluetas en el atardecer

Camino despacio, sintiendo cómo el día se va apagando sin apuro. El cielo se abre en una franja tibia, entre naranjos y rosados que apenas tocan el borde de los cerros, y esa luz baja lo vuelve todo más cercano, más verdadero. A mi lado alguien avanza conmigo; no hace falta hablar, el gesto de caminar juntos dice más que cualquier palabra. El camino claro se estira hacia adelante, suave, como si también él supiera que no hay prisa.

Miro los árboles que nos rodean, sus formas desdibujadas por la acuarela, y pienso que así se siente la memoria: bordes imprecisos, colores que se mezclan, instantes que no necesitan detalles para permanecer. El agua y el pigmento hacen lo suyo, dejando que el paisaje respire, que el silencio tenga espacio. Sigo caminando, sabiendo que este momento —tan simple, tan cotidiano— es exactamente el que quiero guardar.


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