Pinté esta acuarela casi sin darme cuenta, dejando que el agua avanzara antes que yo. No quise definir un lugar preciso, sino quedarme en esa franja donde el cielo y la tierra apenas se reconocen. Empecé con veladuras amplias, muy diluidas, dejando que los grises azulados del cielo se mezclaran con rosados suaves, como cuando la luz se filtra después de un día largo. Ahí apareció esa línea tenue del horizonte, frágil, inestable, que no separa: une.
Abajo, los verdes se fueron acomodando solos, superpuestos, respirando entre sí. No busqué formas ni objetos; busqué una sensación. Hay momentos en que el paisaje no necesita ser contado, solo sentido. Esta acuarela nació de ese silencio, de quedarse mirando sin apuro, de aceptar que a veces pintar es simplemente acompañar lo que está pasando por dentro y dejarlo descansar sobre el papel.

