Llegué a Casma sin la intención de pintar, pero esa casa se impuso sola. No fue una decisión: fue una necesidad. Me quedé mirándola un buen rato, tratando de entender por qué no podía seguir de largo. Tal vez era el techo rojizo asomando entre los verdes, o la manera en que el bosque la resguardaba, casi cerrándose detrás de ella.
Empecé por los árboles del fondo, altos, verticales, densos. No quise definirlos uno a uno; preferí dejarlos como una masa que sostiene todo el peso de la escena. Luego bajé a la casa, marcando sus líneas con cuidado, sin rigidez, dejando que la madera respirara. Las paredes claras necesitaban contraste, así que el follaje tomó protagonismo: verdes profundos, otros más sueltos, algunos toques cálidos que aparecen sin aviso.
Pinté como quien observa en silencio. El pincel avanzó entre ramas, sombras y claros, aceptando las manchas y las transparencias como parte del lugar. No intenté ordenar el paisaje; dejé que la casa se quedara ahí, medio escondida, como estaba cuando la vi. Porque hay lugares que no se visitan: se quedan contigo, y esta casa en Casma fue uno de ellos.

